Llegamos al amanecer, con la luz todavía dorada rozando los tejados. El aire olía a mar y a pan recién hecho, y durante unos segundos nadie dijo nada: bastaba con mirar. Aquel primer paseo sin rumbo marcó el tono de todo el viaje.
Primeros pasos
Los días siguientes fueron una sucesión de caminos, mercados y conversaciones improvisadas. Aprendimos a pedir café, a perdernos a propósito y a volver siempre a aquel mirador donde el sol caía despacio.
No se viaja para llegar, sino para mirar de otra manera.
Al final, lo que más recuerdo no son los monumentos sino la gente: la señora que nos invitó a té, el guía que cantaba mientras conducía y ese atardecer que ninguna foto consigue capturar del todo.